Archive for 6 marzo 2007

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¡Hoy (también) me acordaba de ti!

6 marzo 2007

Ya estoy recuperado y he salido esta mañana al sol de la terraza, que encuentro reconfortante y protector. Tengo puestos los auriculares y estoy escuchando preciosas melodías compuestas por mi diosa ‘Björk’.

Me encuentro en la más completa felicidad, ahora que no hay nada que se interpone entre el astro rey y mi piel, ahora que la fiebre me abandonó llevándose las legiones de virus doblegados por mis siempre fieles leucocitos -alimentados con zumos de naranja, miel e infusiones-.

Love Fragie (by Björk)Estoy escribiéndote con los ojos cerrados, acunado por las sensaciones de la música. ¿Puede haber más belleza en el mundo que la calidez de los rayos solares, la unión de las mentes -traducida por mis dedos- y la música de ella?

Es domingo en Granada y aún estarás dormida. Estos días me encontré solo, pero ahora que mi cuerpo me sostiene y mi espíritu se recarga, va abandonándome esa sensación y he salido a la terraza a hablar contigo. Te imagino despeinada y vacilante tras abandonar la cama, buscando algo que te haga volver a la vigilia. ¿Luce el sol tras tu ventana? ¿Y en tu corazón?

Este es uno de esos momentos mágicos que me suceden con cierta frecuencia, pero que quería compartir contigo, por llevarme siempre allá donde vas.

Me encantaría no tener cuerpo en este momento y desvanecerme en el aire, fundiéndome con la luz y la brisa de la mañana. Viajar sin ser visto e introducirme por los poros de Guillermo y Marta, para poder estar con ellos en cada instante y protegerlos, ser parte de su respiración, mirar a través suyo, sentir con su pureza. Permanecer por siempre en su interior y cuando alguien visitase este hogar, sólo hallase un computador portátil en el piso, abriese la pantalla retráctil y tan sólo encontrase dos frases escritas allí…

¡Me voy para siempre! ¡Te quiero Mamá!

El resto… no importa mucho.

¡Hoy (también) me acordaba de ti!

Luv’ – Shelma

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¡Day, la princesa de las flores!

1 marzo 2007

Buenas Noches

Hace mucho, mucho tiempo, en aquel último año del siglo XXXII vivió una princesa de nombre “Day”. Gobernaba el pequeño planeta de Ivia. Ivia era un núcleo habitado en el cinturón exterior del sistema galáctico B15, que orbitaba a la más poderosa estrella del cuadrante, la aún joven b-Filtus.“Day” contemplaba diariamente la extensión de su prisión galáctica. Toda la superficie del planeta estaba cubierta por miles de flores, de unas flores altas con tallo verdoso, enhiesto y grueso, e incomparables pétalos amarillos en forma de roseta alrededor de una inflorescencia de color pardo. Ella se sentía feliz de poder contemplar a sus súbditos, que con meticulosa exactitud, perseguían el azulado fulgor de b-Filtus, que les proporcionaba la energía suficiente para subsistir en ese rincón seco del Universo. Era feliz contemplando sus flores, aunque un velo de tristeza cubría su corazón ya que, a pesar de sus desvelos y preocupaciones, Ivia era un planeta seco, sin rastro de agua, y todos ellos dependían para seguir adelante de las aportaciones de una nave que, periódicamente, esparcía el líquido elemento sobre ellos. “Day” sabía que dependía totalmente de aquel transporte cíclico que devolvía vitalidad a su pueblo, inundaba de felicidad los colores amarillos del planeta, pero que mojaba de inseguridad cada uno de los minutos de su libremente elegida, pero sólida, celda galáctica.

Cuando la estrella palidecía –b-Filtus era una variable de período corto-, ella removía en su corazón los recuerdos que tenía cuando vivió, con su familia, en el planeta Gaia. “Day” recordó como era su vida en aquel sistema estelar, muy similar a la vida que existió en un remoto planeta llamado Tierra, del que tan sólo recordaba retazos deshilvanados que sus padres le contaron cuando era aún muy niña. Recuerda que los habitantes de ese planeta tuvieron que huir en lanzaderas debido a la naturaleza tóxica de su atmósfera y al intenso bombardeo de la radiación solar en la superficie. Los habitantes de Gaia eran descendientes de aquellas colonias de humanos que llegaron al Sistema y se entremezclaron con los habitantes locales.

Recordaba como quedaron allí sus seres más queridos, aquellos seres en los que pensaba intensamente cada vez que b-Filtus palpitaba. Recordaba el olor de aquella cámara donde ella descansaba cerca de los suyos, aquella ventana que le dejaba ver las hojas verdes de los árboles y cuando estaba bajo ellos, la cálida luz amarillenta del sol que pronto en la mañana la acariciaba dulcemente.

Reconstruía diariamente el sonido de las voces de todos sus seres queridos, cada una de las facciones de los amigos y amigas que compartieron con ella los momentos estelares del descubrimiento de la vida. Podía escuchar con total claridad el ladrido insistente de su perro, que la llamaba para jugar. Y cada vez que realizaba el ejercicio del recuerdo, la princesa se sentía llena de amor, de amor real y constante, de un amor que volcaba en su interior, que la llenaba completamente y del que dejaba escapar algunas gotas para compartirlo con sus bellas e inquietantes flores, siempre presentes, pendientes de ella, pero nunca capaces de compartir los sentimientos que a ella le hacían estremecer.

Recordó, no sabe si con alegría o tristeza, aquella decisión de abandonar el planeta para conocer nuevos mundos. Sí, recordaba que atravesó extensos campos estelares, mares de galaxias, y se introdujo en el profundo túnel oscuro que la llevó al lejano sistema donde ahora se encontraba.

Esbozó una sonrisa cuando revivió las emociones del encuentro con aquel compañero que, venido del Planeta Iom, buscaba alguien con quien compartir las sensaciones de un viaje casi eterno. Se dejó llevar por la cálida sensación que le producía recordar su complicidad cuando decidieron viajar juntos, como a pesar de pilotar una pesada nave de carga, demasiado grande para ellos, fueron capaces de poner rumbo estable a otro sistema. Casi lloró cuando su mente revivió esos tiempos en que respirar era cosa de dos, mirar al frente era cosa de dos, el tiempo común… era cosa de dos.

Su compañero la ayudó a trasplantar el primer ejemplar de flor en Ivia. Cuando llegaron a su superficie polvorienta allí no crecía nada, todo era hostil; los visitantes ocasionales con sus naves nodriza, la extraña mezcla gaseosa que tenía que respirar, la ausencia de viento, la superficie tan chiquita del planeta mismo. Pero allí creció el primer ejemplar de la flor Anna, que con mucho amor transportó en sus entrañas durante miles de años de viaje sin rumbo.

Y después de ese ejemplar, vino otro, y otro, y otro más. Su compañero tuvo que construir una nave nueva aprovechando las partes oxidadas del viejo transporte de carga. Orbitando los cinturones de polvo de b-Filtus había descubierto un aporte de agua estable, y desde allí se dedicaba a transportarla a la superficie del planeta, para hacer que el jardín de Margaritas siguiera vivo.

Pero la obligación periódica del aporte vital había roto su complicidad, ya no viajaban juntos, ya no respiraban al lado, ya no miraban al frente. El tiempo era corto para él, que buscaba agua, pero tremendamente lento para la princesa, que miraba con amor y desesperación la lenta agonía de su pueblo y de su alma.

Cuando a veces, -si la lluvia de radiantes desde la estrella era la apropiada-, podía contactar en el tiempo con sus antepasados, se volvía inmensamente feliz: las pupilas le brillaban, la piel recuperaba esa tersura que la falta de agua hizo desaparecer, su voz se entrecortaba, y el amor llenaba cada rincón del planeta.Las Pleiades, hervidero de estrellas…

Y cada vez que pronunciaba una palabra, se llenaba de amor. Cuando la comunicación se cortaba, se sentía tan feliz que comenzaba a brillar como la propia estrella, era un ser fulgurante, irradiaba la belleza desde dentro.

Y un mal día, cuando la variable Algol explotó, se llevó en su cataclismo de ondas de choque, la fuente del agua. Y cada una de las Margaritas del planeta dejaron de sonreir volviendo su rostro a su bella princesa. “Day”, desesperada, trataba de salvarlas pero se iban encogiendo bajo el calor continuo de b-Filtus. Su compañero, en silencio, ni siquiera imaginaba la catástrofe que se avecinaba, lenta pero sin pausa.

Dos milenios después sólo quedaba una Anna. La princesa había logrado, con sus lágrimas, mantenerla viva a duras penas. Miró con ternura a su compañero, la envolvió entre sus brazos, le susurró las palabras que de niña la acunaban, lloró con todas sus fuerzas y la sangre que la mantenía viva comenzó a correr mezclada con su pensamiento. Anna comenzó a crecer y se fundió con “Day”. Su pensamiento atravesó los sistemas estelares más distantes hasta aterrizar en el Planeta Gaia, y bajo uno de aquellos árboles verdes comenzó a despuntar una pequeña flor. Una nueva flor que nadie antes había visto.

La superficie de Ivia quedó desierta. La última flor murió y una nave nodriza recogió a un solitario habitante que portaba un extraño semblante, trazado por la soledad. Pero en Gaia nació, todos se preguntan como, una nueva flor que iluminaba con su belleza las briznas de esa suave hierba mecida por el viento. Alguien en el planeta la nominó, le puso de nombre «Dayanna», que en el antiguo idioma de Gaia significaba “Lágrimas de amor”.

4 ‘U – Shelma