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Mola el mole

17 mayo 2008

Acabo de llegar de Barna y, como siempre que estoy en esa fantástica ciudad mediterránea, lo único que traigo son las mejores sensaciones. Mi relación con Barcelona es curiosa, inusual, muchas veces forma parte de mis mejores recuerdos y otras sigue presente, al escuchar ciertas músicas, al cerrar los ojos o cuando paseo por el barrio de Gràcia.

Ha sido un viaje fugaz, escasas 24 horas gracias a un viaje de trabajo y las imbatibles tarifas aéreas que nos asaltan a través de la Red. Ir a Barcelona es barato, se está allí en apenas hora y media y al llegar, cuando uno pasea por sus calles, parece que no has salido del barrio habitual, de ese en el que vives. ¡Uno nunca se siente extraño entre barceloneses!

Tras un viaje rápido y necesario al Delta del Ebro, recalé en Barcelona pasadas las once de la noche. Jordi hizo de guía y me presentó a Sina, una teutona hastiada de su país que aún se encontraba en ese necesario proceso de integración a la luz mediterránea.

Nos perdimos -literalmente- buscando ese pequeño restaurante que al final encontramos, un encantador sitio con verdadera comida mejicana, o al menos sabrosísima. La atmósfera ¡ideal!, y mi alegría subió como la espuma cuando mezclé un par de salsas de aspecto amenazador y un trozo de chile y… ¡picaba, pero a base de bien! Es el primer restaurante de corte charro en el que las salsas picaban de verdad. ¡Qué alegría terminar con la falsedad de la franquicia en las que la ración ‘súper-bomba’ no llega a recordar un ridículo grano de pimienta negra!

Un brindis con birra transatlántica y conversación animada, relajada, risas, complicidad… Tras pagar nos piramos a un bareto cuyo nombre ya no me acuerdo, pero que me recordó a esa esquina de la Habana, encantadoramente vetusta. Nos seguimos riendo y nos dedicamos a desgranar mojitos de los auténticos, con ron blanco, un poco de añejo y angostura. ¡Delicioso, uhmmmm!

Sina se pone “colorá” cuando le dices algo que le turba. Eso aumenta su inusual encanto y la convierte -de repente- de conversadora con peculiar acento, a mujer tímida de sonrisa escondida. ¡Uhmmmmm…!

La noche acabó poco antes de levantarnos y tener que tomar un avión… pero fue un encanto mezclar lo auténtico de Barcelona con la taza mágica de Bremen, la hospitalidad, el humor y la risa tan pura de mi anfitrión, las canciones de ‘Die Biene Maja’, el café humeante de la madrugada, el reflejo lejano de Júpiter sobre los tejados de la ciudad, mi acogedora habitación y la despedida amiga en la terminal del aeropuerto.

Pero recordad… y aunque lo contrario lo haya dicho una mujer, ¡las rubias no son tontas!

¡Espero que os guste la película!

Viele Grusse!

🙂 Shelma

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